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12 de octubre, nada que celebrar

► La exaltación de la cultura del conquistador es la respuesta que todavía se escribe y se impone

12 de octubre, nada que celebrar

Por Fátima Portorreal

Asumir una postura anticolonial no es adherirse a una moda o una acción que se queda en las fotografías de Facebook o Instagram. Es una posición que se expresa en la vida misma como postura decolonial que combina formas de resistencias y prácticas de pensamientos y acciones que deconstruyen la modernidad, como modelo civilizatorio que se creó durante la conquista y se consolidó a través del modelo de Estado/nación.

La colonialidad es una memoria viva que se expresa en las distintas instancias de los poderes públicos y se transmite en la escuela, la universidad, la casa y los medios de comunicación. Es el desprecio ontológico del sí mismo, la negación de nuestros orígenes y del ser constitutivo. Es el ejercicio del blanqueamiento, la apuesta por hechos significativos de las clases dominantes, la negación de la “mixtura rayana” de originarios taínos, negros y blancos. Es el compromiso por un episteme que niega todos los matices variopintos de nuestra realidad caribeña. Es genocidio y etnocidio sistemático de memorias.


Y es a través de esa dolorosa realidad que reflexionamos hoy sobre una categorización absurda, la de definir el 12 de octubre como un encuentro de culturas y de celebración. El proceso civilizatorio que los castellanos llamaron Evangelización se basó en un conjunto de medidas que destruyeron las sociedades originarias sin importarle la vida de todos los seres humanos que habitaron el Caribe. Y bajo los rezos y el toque de sus campanas, convirtieron a seres humanos libres en siervos y a otros/as lo esclavizaron.

No ha sido simple, ha sido sistemático y sin remordimientos. La colonización creó un hombre y una mujer que legitimó la cultura occidental, creo discursos y rindió tributo al poder de la “civilización”. Su praxis evidente, Estados e instituciones a las medidas del explotador/ genocida. Y todos inspirados en la superioridad y la hegemonía de una religión que en nombre de Dios manoseo y construyó identidades para hombres y mujeres vencidos. El acto fue obsceno y canallesco, operó como todos los deseos, abriendo los cuerpos, despellejando la cultura y blanqueando todas las metáforas.

El despliegue de poder se siente y se escucha tras 526 años. Los pensantes que tienen el poder de articular memorias todavía operan rindiendo tributo a la fuerza de lo colonial, como lo expresó el nuevo Ministro de Cultura: “la conquista fue una gran aventura de hombres que dejaron sus rasgos de la historia vivo. Tenemos que sentirnos privilegiados”. Su ideología se consolida bajo la misma matriz histórico-empírica de los discursos de la otredad colonialista.

La exaltación de la cultura del conquistador es la respuesta que todavía se escribe y se impone. Es doloroso seguir con ese lastre de pensamientos que consolidan procesos de dominación y destrucción de pueblos pacíficos y que han desplegados múltiples formas de resistencia y de críticas de carácter teórico con alto significados; y que representan propuestas emancipadoras, las cuales valorizan lo diverso.


Está claro para esa episteme anticolonial, que somos un crisol rayano de culturas que resisten y luchan frente a la violencia, el ultraje, la enajenación, el racismo, la esclavización y la destrucción de los sistemas comunitarios, al igual que la falsa memoria de enajenados intelectuales que por su posición occidental y blanca han desvirtuado la realidad del Caribe.

Las manifestaciones son múltiples, se destaca el vudú, gaga, los rastafaris, el liborismo, panafricanismo, el antillanismo, el arte naif, el indigenismo, entre otros, pues son expresiones culturales, religiosas, literarias, artísticas, historiográficas que muestran un Caribe que tiene una riqueza identitaria y un amplio movimiento crítico que descoloniza lo invisibilizado, lo oprimido y excluido. Y sobre esta zapata y no otra, se despliega un pensamiento subversivo que se opone a la hegemonía de los discursos occidentales.

No celebramos, objetivamos un horizonte que abra posibilidades a la pluralidad epistémica, a memorias contadas desde abajo, y que liguen estrategias emancipadoras como la gestada por Caonabo, Anacaona, Enriquillo, Lemba, Ana María y Mackandal. Este artículo será leído como proclama en la Jornada Anticolonial 12 de octubre “Nada que Celebrar".

Con información de: Acento.com.do




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